10.4.08

PLEGARIA Y CONJURO DE ALEJANDRA PIZARNIK



No sé si se puede hablar de la poesía desde afuera de ella. Creo que no. Es necesario
hundirse en la palabra, participar de su intimidad ardiente, vivirla y recobrarla en expresión y sonido. Crearla otra vez. Cuando eso ocurre, cuesta recobrar una perspectiva de estimación histórica y crítica. Al mismo tiempo deja de parecer importante decir –ya una vez lo intenté–cómo se inserta naturalmente la poesía de Alejandra en la corriente más profunda del surrealismo, cómo le pertenecen por derecho propio los grandes vientos que sacudieron a van Arnim y a Poe, cómo su constitución interior la ubica decisivamente en la familia de los buscadores de eternidad, de los que han hecho de la poesía un camino interior que no se recorre impunemente. A nadie escapa que muchos poemas titulados “surrealistas” son meros ejercicios de una retórica fácil o astuta. Los de Alejandra tienen a ratos una pequeña marca de buril, guardan el aire de criaturas que han encantado por algunos momentos a su autora. Ella, sin duda, narcisistamente, se ha deleitado en sus espejos, pero no es ésta sino una nota accesoria y ocasional, un lujo, un remanente encantatorio en el proceso alquímico que va cumpliéndose con rigurosa obstinación a través de los trabajos y las noches de Alejandra, que va insumiendo su propia vida en una progresión transformante y revelatoria.

He vivido los poemas de Alejandra desde que la conocí. He compartido su vértigo
ensimismado, su orfandad desafiante, su vocación de misterio. Creo que es necesario
hablar su mismo idioma para sentir nítidamente esa veta de locura que se entrecruza
en las instancias de una vigilia intelectual que no declina. Sus poemas breves,
tensos, ligeros, a veces despeñados en una afluencia torrencial y sin embargo siempre
reprimidos, siempre como si hubieran sido destruidos para volver a nacer, son
con toda evidencia el fruto de una labor honda del espíritu. Las emociones, los sueños,los deseos, se someten a una voluntad de objetivación que los transpone en imágenes puras, en símbolos universales. El lenguaje poético, en una palabra, deja de ser para Alejandra un lenguaje “doblado” para constituir el aire que respira directamente.

Dibuja formas leves, pinta tiernos matices de color, juega con las imágenes para
decir estéticamente, para ordenar bellamente algo que siempre desafía los cánones y
rebasa las proporciones de lo bello: el desgarramiento profundo del ser, la trágica
inmersión del espíritu en lo absoluto.

De tal voluntaria tensión nacen las gotas de oro en que se trueca poéticamente la
sangre de Alejandra. Sus palabras se desgranan con un ritmo seductor, corren lentas,
espaciadas, o siguen en versículos largos y apasionados sin perder el secreto hilo
que las conduce. Una gama de grises y de lilas, algunos toques rojos de violencia,
aligeran apenas su tono enlutado, que en momentos culminantes asciende hasta un
blanco deslumbrador. Los colores hablan su propio lenguaje, como lo habla cada
forma en la foresta de los símbolos. Alejandra compone armónicos, melodías leves,
que esconden apenas un gran canto de búsqueda y desolación. El juego irónico, punzante,que le es habitual se hace a ratos menos notable. No ensombrece el gemido;
no asordina la plegaria.

Con lúcida obstinación, pero también con temerario afán de inmolarse, Alejandra
se internó en las tinieblas de su propio ser, buscando su entidad indivisible. En su
peregrinaje hacia sí misma vio cumplirse la noche oscura del alma, la inmersión en
páramos estériles donde sopla un viento que no es solamente el de la soledad terrestre.

Es una soledad de otra altura la que se insinúa entre los juegos inocentes, cuando
el misterio se abre, cuando la noche se cierra “como agua sobre una piedra! como
aire sobre un pájaro como se cierran dos cuerpos al amarse”. Alejandra accedió en ciertos momentos a un estado de la conciencia que le permitió desdoblarse, verse a sí misma desde afuera, abarcar lo que está más allá de la experiencia habitual. Habló para expresar de algún modo ese gran silencio que la contenía y superaba. En muchos de sus poemas se hace visible la conciencia de esos estados donde su ser se proyecta fuera del yo. Una vocación de inocencia y desnudez la impulsa a territorios de riesgo, que tornan su lengua al balbuceo infantil. Ráfagas frías cruzan esos versos que quedan más allá de los poderes de la invención y del ingenio. Alejandra, que adoraba la palabra (y la acunó y trabajó bizantinamente)se vio a veces sobrepasada por esa palabra en que se buscaba, y buscaba el Ser. Y de pronto se encuentra en cada cosa, y ella es a su vez toda cosa; todo es algo que le sucede y a la vez algo que intenta comprender a través de su propia voz, hecha cifra y oráculo.

La desesperación nace en su palabra de no comprender, de sentirse dentro y sin embargo no penetrar con la lucidez de la comprensión total: “lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra”.
Alejandra supo auscultar su propia sangre que sabía más que ella misma, afrontando
el miedo, las pesadillas del horror, el vértigo de lo demoníaco y sagrado. Desnudó su garganta en intensa plegaria liberadora; curándose a sí misma del vacío y de la nostalgia, del llanto inagotable que nace en el ser desterrado de la plenitud,del tiempo primordial en que no era aún “la fugitiva de la música”, en que se abría en el amor; su canto sigue más y más adentro, cruza zonas de dolor, de desolación,llega a constatar un gran agujero de ausencia.

Pero retorna el rumbo que le marca su signo, y se remonta a nuevos delirios visionarios.Es la obsedida que quiere ver “el fondo del río”.

“quiero ver si aquello se ‘abre, si irrumpe y florece del lado de aquí, y vendrá o no vendrá pero siento que está forcejeando y quizás y tal vez sea solamente la muerte”

Plegaria, exorcismo, conjuro, la poesía de Alejandra Pizarnik es un denodado camino
hacia el ser escondido de la Realidad. “Que se desmorone el muro, que se vuelva
río el muro” dijo con la pasión del que siente despertar en sí al ser dormido, al ser
de intemporalidad y absolutez ante el que caen las contingencias. Otra forma de
lucidez se insinúa en ese sobrepasar la inteligencia que devuelve a Alejandra a los
símbolos de la infancia donde vuelve a ser la muñequita de papel que espera ser
ubicada en su casa pequeña junto a un sol con rayos. Sólo el amor puede curar el desesperado,al solitario; sólo el amor puede curar la enfermedad de vivir. Alejandra
clamó por el amor absoluto que se confunde con la muerte. Sus poemas son ritos,
ofrendas, gestos mágicos que intentan desatar lo anudado y oscuro.

Graciela Maturo


* Plegaria y conjuro de Alejandra Pizarnik fue publicado por primera vez revista La Tabla Redonda, N° l

Ensayo incluido en La mirada del poeta de Graciela Maturo
Colección Los Orfebres de Ediciones Amargord