23.3.08

EL PARAÍSO DE LOS ESCRITORES EBRIOS

Marta Herrero Gil indaga en la literatura drogada española e hispanoamericana desde el Modernismo hasta la postmodernidad


A Valle-Inclán su médico le recomendó hachís para calmar sus dolencias en las vías respiratorias. Darío sentía un vacío más profundo. Y contra el dolor, búsqueda o evasión. Las drogas les sirvieron a los escritores para ambas cosas. Algunos se enfrentaron a la locura y acabaron sus días ingresados en hospitales psiquiátricos. Otros fallecieron a causa de enfermedades relacionadas con sus excesos. Hay quienes ya estaban enfermos y utilizaron las drogas para morir y quienes las tomaron como parte de una búsqueda espiritual. Jodorowsky dice que las experiencias lisérgicas llevan al tejado y devuelven luego al primer escalón para hacerte subir poco a poco. Con esfuerzo, reconociéndose su valor al tiempo. Marta Herrero nos lleva de la mano a través de un viaje por el alma de los autores que encontraron en la ebriedad el principio o el fin de su creación.

El paraíso de los escritores ebrios es una incursión por los textos drogados y las preocupaciones íntimas de algunos escritores españoles e hispanoamericanos, desde el modernismo a la posmodernidad. Un viaje iniciático por tierras casi inhóspitas: son muy pocas personas las que se han acercado a este tema con anterioridad. La historiadora Marta Herrero Gil (Madrid, 1981) quiere dejar que se expresen, que nos miren. Plantea preguntas del tipo ¿Cómo se relacionaron sus experiencias drogadas con sus muertes y su vidas? ¿Intuyeron algo bello al descender a los abismos?

Herrero Gil se vale de referencias literarias que expresen directamente experiencias drogadas y opiniones de los autores sobre las sustancias. Aunque hay veces en que una droga no está en un texto y, sin embargo, ha influido completamente en él.

Muchos creadores ocultan por vergüenza sus visiones drogadas y las convierten en sueños. ¿Cómo distinguir la ebriedad del sueño? ¿Y la ebriedad de la locura? ¿Y el efecto de las drogas en la imaginación prodigiosa del poeta? ¿Y el paraíso al que llegan los místicos de los paraísos artificiales?

Los autores y sus movimientos literarios constituyen la estructura del ensayo, que transcurre como un viaje iniciático en diálogo con los textos drogados. Cada cual en su paraíso.

Los modernistas hispanoamericanos y sus paraísos artificiales

Martí fue el primer escritor hispanoamericano en dedicarle una poesía al haschish. Su experiencia se traduce en un acercamiento al éxtasis místico a través del beso de una mujer árabe. El hachís no le proporciona un paraíso artificial sino una realidad soñada.

Julián del Casal escribió La canción de la morfina. En este poema la morfina habla en primera persona al lector como si fuera ella misma quien le revelara al poeta sus secretos. El colombiano José Asunción Silva (1865-1896) se mató a sí mismo. Primero se buscó el corazón; luego se quitó la vida. El recurso a las drogas (copaiba, sándalo, bromuro, éter…) es un simulacro en vida del suicidio.

Rubén Darío diferencia los paraísos artificiales de la droga de los paraísos reales de la ebriedad artística. Arte y ebriedad están unidos en él. Uno de los más bellos cuentos escritos tienen su base en la droga: El humo de la pipa (1888). En él narra las visiones que le provocó una droga en siete bocanadas distintas, antes de que la pipa se apagara.

Horacio Quiroga y el Infierno artificial

Horacio Quiroga tomaba hachís y venía la muerte a visitarlo. El suicidio de los suyos fue recurrente y él mismo acabó con su vida. Escribió El haschich (1903), un cuento realista en el que narró paso a paso y con detalle, apoyado por las notas que tomó un amigo suyo durante la experiencia. La narración es eminentemente descriptiva con el objetivo de instruir a quienes no conocen nada sobre la droga y dar su punto de vista a “los apologistas de oídas del célebre narcótico”. El paraíso artificial no es ya un paraíso sino infierno.

Los modernistas españoles y el fakir Valle-Inclán

Los escritores modernistas frecuentaron todo tipo de sustancias y escribieron sobre ellas en sus obras. Uno de los más excéntricos fue el leonés Pedro Barrantes (1860-1912) cuya obra más famosa fue Delirium tremens. Anduvo casi siempre borracho y cantó a la embriaguez.

Ricardo Gil (1858-1908) escribió la relación entre el dolor y la ebriedad en Morfina, poema incluido en su libro de poesía, La caja de música. Francisco Villaespesa (1877-1936) le dedicó varios poemas a las drogas. Como casi todos los escritores que tomaron ajenjo, escribió sobre Los ojos verdes, que reflejan su mundo interior.

Valle Inclán pronunció en Buenos Aires en 1910 una conferencia sobre Los excitantes en la literatura. Peligros y ventajas. Habló de dos tipos, los naturales y perjudiciales. Acercó sus experiencias drogadas a la búsqueda espiritual. Le dedicó una obra entera al hachís: La pipa de Kif (1919). El hachís le puso la muerte ante los ojos y el escritor se asustó.

El viaje interior emergido

Muchas de las composiciones que trataron la experiencia drogada llevaban por título el nombre de la sustancia. El sujeto toma algo, su realidad cambia y quiere contar lo que ve y lo que le sucede. Los geógrafos de XIX describían lugares recién colonizados y los poetas describían sus mundos interiores.

A las sustancias alteradoras de la percepción se les empieza a tener miedo y en 1912 se firma el Convenio Internacional de la Haya sobre restricción en el empleo y tráfico del opio, morfina, cocaína y sus sales que España suscribe. Poco a poco las drogas se ocultarán bajo velos nuevos y las nuevas literaturas recogerán su legado y sus descubrimientos como parte de una tradición. Las drogas exploradoras del inconsciente elevan sus descubrimientos al terreno de la consciencia literaria, sus fronteras se difuminan, su aportación se extiende y se disuelve en las obras de los continuadores del modernismo, en las vanguardias, en los artistas que hablan de sueños, en la irrupción de ese realismo mágico hispanoamericano que confundirá con maestría maravillosa lo exterior con lo interior, lo real con lo imaginario.

Octavio Paz no hizo poesía de su experiencia drogada pero escribió sobre el tema en varios de sus artículos. En 1967 dijo que la droga estaba vinculada a la poesía porque, como ésta, había alcanzado en la modernidad su autonomía, y había dejado de ser servidora de la religión o de la filosofía para explorar el universo por cuenta propia. El poeta recurre a ellas porque tiene ansias de infinito.

Los escritores en la Posmodernidad y el viaje en la conciencia

De la conciencia habían empezado a hablar los consumidores de drogas alucinógenas en el siglo XX. Decían que tenían la capacidad no sólo de hacer viajar al consumidor por sus mundos interiores, sino también expandir su conciencia. Muchos escritores se aventuraron a experimentar con ellas y convertirlas en fuentes de su literatura: Adoux Huxley (1894-1963), Ernst Jünger, Henry Michaux (1899-1984), William Burroughs (1914-1997). En su obra Acercamientos Jünger habló del psiconauta como un navegante del alma.

¿Qué nos contaron algunos de los escritores españoles que experimentaron con drogas psicodélicas?

Marta Portal publicó en 1973 un compendio de narraciones agrupadas bajo el título de La veintena. Una de ellas fue Mariposa LSD, donde situó a un grupo de amigos cuya relación se basaba en compartir experiencias lisérgicas. Como los poetas místicos, quería regresar para contarlo. Ramón Irigoyen tomaba drogas para romper los significados de las palabras. Mariano Antolín Rato siempre se preguntó qué decir de las sustancias y cómo contarlas en las novelas.

Uno de los escritores que más claramente han hablado de la vinculación de la experiencia lisérgica con la búsqueda espiritual es Alejandro Jodorowski (en la foto). Para él la experiencia con alucinógenos debe hacerse controladamente y con un objetivo claro: el de romperle los límites a la conciencia individual. Fernando Arrabal tomó ketamina como anestesia para una operación quirúrgica y escribió Ketamina veloz.

Sánchez Dragó refleja su viaje en La del alba sería (1996). Y más escritores que se adentraron: Antonio Martínez Sarrión, Luis Racionero, Antonio Escohotado, Jesús Ferrero, Pepa Roma o Javier Esteban. El poeta Miguel Ángel Velasco tiene poemas tan ebrios que son la misma ebriedad.

Sacada de un contexto ritual, afirma Marta Herrero,la droga se convierte en ritual del poeta, de camino hacia sus infiernos o hacia sus paraísos y hay veces en que le enseña que la locura está insertada en la rutina tediosa en la que vive nuestra sociedad: ebriedad que llama realidad. De tanto decir sí la vida se vuelve alquimia de eternidad.



*El paraíso de los escritores ebrios de Marta Herrero Gil está editado en la Colección SOMA de Ediciones Amargord



Marta Herrero Gil (Madrid, 1981)


Doctoranda en Ciencias de las Religiones y en Literatura hispanoamericana. Licenciada en Historia y Filología Hispánica. Especialista en literatura mística y en teorías del imaginario. Actualmente elabora la tesis doctoral, sobre la relación entre la ebriedad y la literatura en el Modernismo hispanoamericano. Colaboradora de la revista universitaria Generación XXI. Buscadora; viajera.


El paraíso de los escritores ebrios
Texto: Marta Herrero Gil
Colección SOMA
Ediciones Amargord
Directores colección: Javier Esteban y José Carlos Aguirre
Foto portada: Yerba, goma y polvo (Ediciones Era). Ricardo Pérez Montfort
Diseño y maquetación: Álvaro Cal Di Segni
ISBN: 978-84 03- 04
Precio: 11 €



* Noticia enviada el 26 de marzo de 2008